Muñeca brava

Toco timbre para bajarme del colectivo. Tengo que caminar un par de cuadras, pero me ubico cuando veo el cartel que dice Gym and boxing, acompañado de varias fotos de ella con sus cinturones.

Entro nerviosa, como si en vez de saludarme con un beso me fuera a recibir con un cross que me deje nocaut. Me voy acercando con cautela, sin prestar atención a mí alrededor, preparada para cubrirme la cara. Aunque no sé cuánto me podría ayudar eso, teniendo en cuenta que pudo dejar en la lona a dieciséis boxeadoras mejores que yo. Pero supongo que es un acto defensivo natural.

Llego a donde me está esperando y me agacho lo que parecen varios metros para que encontremos las mejillas. No soy muy alta, pero su metro cincuenta me hace parecer un gigante. Ahora entiendo cómo es que pelea en las categorías minimosca y mosca, 48kg no se podrían distribuir en más altura.

Me dice que pasemos al living del gimnasio, donde hay un sillón negro junto a una mesa enorme y una especie de ring chico en un rincón a modo de decoración. Me acomodo y saco mi libreta mientras le  explico el trabajo. Ella se apoya contra el respaldo y sube los pies, está en su casa.

Sigo nerviosa, a pesar de que me está sonriendo y me recibió como si me conociera de toda la vida. Le hago la primera pregunta y la campeona mundial de la AMB y la OMB, Yésica Bopp, empieza a contar…


Es el 11 de abril de 1984, cuando en un hospital de Wilde, Magalí Irene Gómez y Juan Carlos Bopp recibían a la que sería la futura portadora del cinturón.

Fue a la Escuela Salvador Soreda del mismo barrio, donde pasó sus días haciendo deporte, principalmente vóley y handball. Mientras tanto, mantenía la típica vida de una adolescente: salía con sus amigas y conocía boliches.

– Hice todas las salidas habidas y por haber – dijo. Todavía no la atrapaban los guantes y el ring.

Ya para el 2008, los Corti no se los sacaba para nada. Y eso la llevó a pelear por el título de la categoría minimosca de la Asociación Mundial de Boxeo con 22años, ya teniendo en su haber el Firpo de Oro de la UPERBOX desde su época amateur. La rival fue la venezolana Ana Fernández y la cita fue en el Luna Park.

La emoción de la preparación, los nervios de conseguir un título y la oportunidad de demostrar todo lo que había aprendido tuvieron lugar esa noche del 4 de diciembre.

La pelea fue dura y llegaron hasta el final. Pero, por decisión unánime, la “Tuti” se quedó con el cinturón.

Y, con la buena costumbre de ser pionera, en 2009 ganó su segundo título en Salta siendo la primera mujer en pelear por un título de la Organización Mundial de Boxeo frente a la mexicana Ana Arrazola.


A los 17 años empezó a practicar este deporte. No porque lo tuviera en cuenta como carrera, sino porque le gustaba mantenerse en forma y siempre dicen que “el entrenamiento de boxeo es el más completo”. Correr y saltar la soga para ganar resistencia y coordinación de pies, flexiones y pesas para fuerza de brazos y hombros, abdominales para aguantar los golpes más bajos, sentadillas para que no cedan las piernas, manopleo para los reflejos y las combinaciones y técnica para aprender a golpear y como evitar que te golpeen.

Una vez que la empezás a tener clara, pasás al guanteo, la primera experiencia en el ring. Si bien los guantes son más grandes que en una pelea profesional y se usa un cabezal, los golpes no duelen menos. Un gancho al hígado puede dejar sin aire a cualquiera por más que use unos de dieciocho onzas. Pero, una vez ahí, la adrenalina es tal que ni los nervios de escuchar la campana le pueden ganar.

El ambiente es hostil en el cuadrilátero, pero abajo predomina el compañerismo y la buena onda. Y esa es una de las razones por las que se sigue yendo a entrenar. La misma razón que tuvo Yésica.

Cuando arrancó, no era muy común encontrar mujeres que hicieran boxeo. Pero un amigo de su hermano la convenció de ir diciendo que también había chicas en el gimnasio. Entonces se animó.

Era persistente, entrenaba duro y repasaba todas las veces que hiciera falta lo que no le salía. Y a las tres semanas ya estaba arriba del ring, guanteando con hombres y mujeres por igual.

Su entrenador, Delfino Pérez, vio que aprendía rápido.

– Vos vas a ser boxeadora – le aseguró.

– Tengo miedo de que me rompan la nariz– insistía ella, demostrando su negativa.

Ahí conoció a Alejandra Romero, que se convertiría en su amiga y primera rival. Se enfrentaron en un evento que organizó su coach poco tiempo después de que arrancó a practicar, el sábado 22 de septiembre de 2001. Ella quería pelear, olvidando su miedo a los golpes. Estaba confiada. Y, junto a su compinche, quedaron en la historia por ser las primeras púgiles en pelear en la Federación Argentina de Boxeo.

Este debut le dio el despegue que necesitaba, porque después empezó a tener más combates en lista de espera, con chicas de distintos clubes. Así, lo que parecía un hobby se fue convirtiendo en una de las carreras más prometedoras del boxeo argentino.


El gimnasio, que abrió en 2018, es un edificio enorme. Si bien sólo vi una parte de la planta baja, ese espacio ya alcanzaba para que haya una recepción y acceso al resto del lugar, un local de ropa y complementos deportivos con su respectiva vidriera y entrada y el living en el que estamos hablando. Y, atrás de ella, una gigantografía junto a sus cinturones y una línea de tiempo que recorre toda su carrera. Si hay gente alrededor no lo sé. Nadie se acercó, el negocio sigue cerrado y la mesa de entrada quedó lejos.

La libreta me parece obsoleta a esas alturas, ella responde cosas que tengo anotadas sin que se las pregunte. La imagen que está en la pared y los cuadros y placas que tengo a mis espaldas y que ahora me señala también me da información importante.

Me llama la atención un recorte de diario enmarcado y me paro a verlo. Parece viejo, la hoja ya está medio amarillenta. Leo el título: “Ninguna muñeca”. Yésica ahí me explica que es una nota que hicieron para Olé sobre esa primera pelea con Alejandra.

http://edant.ole.com.ar/diario/2001/09/20/r-03201c.htm

Su nombre está mal escrito, con “J” y dos “S”, pero eso no es lo peor. El título y lo que se resalta le quitan el foco a lo verdaderamente importante. “Mi novio odia el boxeo. Hasta después de la pelea no quiere verme”, es una de las citas que tomaron de Ale y que decidieron resaltar en el artículo. Algo desafortunado, pero común en el mundo pugilístico.

El machismo dentro de este deporte está muy presente. En todas las peleas, los jueces son hombres, al igual que los técnicos y relatores. Y eso sin mencionar a la chica que pasa con los números de los rounds casi sin ropa para que más de uno le chifle y que se subestima a las mujeres que quieren practicarlo. Sin embargo, ella asegura que nunca pudieron decirle nada, porque siempre tuvo el respaldo de los resultados. Pero sí me reconoció que hay muchos estereotipos que se encargó de derribar. “Si hace eso es lesbiana” o “es un macho”, son típicas expresiones que se escuchan al hablar de boxeo femenino. Ella los rompe todos.

Si bien me dice que es “medio machote”, sus guantes rosas, su pelo rubio, las uñas arregladas y, cabe decirlo, su heterosexualidad chocan con todos estos dichos y los tiran abajo. También se encuentran dentro de una estereotipación, pero es la forma más inmediata con la que se puede combatir este fenómeno.


Sólo perdió una pelea. Fue ante Jésica Chávez en México cuando la “Tuti” la retó por su título. Ella ya sabía que, salvo que la noqueara, no ganaría.

–Cuando vas de visitante tenés más para perder que para ganar. Antes del pesaje, saliendo del hotel, me cruzó un juez fan mío y me dijo que contra dos jueces mexicanos no iba a poder, como anticipando que iba a perder. Entonces le dije: “¿Ah sí?”. Fui y no di el peso. Metete el título sabes dónde… – sentenció entre risas.

La pelea la terminó haciendo igual por la plata, pero perdió. No porque la mexicana haya sido mejor que ella, pero la localía fue superior. Chávez casi ni la golpeó. Pero saber que aún así perdería la sacó de sus cabales, no era ella esa noche.

Esto lo tomó como aprendizaje, porque es una situación que sabe que se puede dar en este ámbito y tiene que seguir con la cabeza fría cuando llegue el momento. Además, sus títulos no estaban en juego, así que los pudo retener.

Todo lo toma como una enseñanza, incluso sus viajes. Valora mucho lo que le deja cada lugar. Cuando le pregunté qué país le gustó más, me dijo sin dudar que la India. No por sus paisajes, sino por la realidad que viven. La población es muy pobre y eso no excluye a las boxeadoras.

Mientras que ella y sus compañeras peleaban por diversión o por la pasión por el deporte, las indias lo hacían para comer. Eso la ayudó a apreciar todo lo que tenía y lo que había conseguido.


Un valor que predomina en su vida es el amor y la dedicación por la familia y los amigos.

Su relación con su madre es muy buena, al igual que lo era con su padre hasta que falleció en 2011. Le entristece saber que ya no está, pero no se quiebra.

–El viejito me pudo ver campeona, así que me deja tranquila – dijo.

Desde hace unos años, el espectro se agrandó cuando conoció a su actual pareja entrenando en el CENARD y que se convertiría en el padre de su hija Ariadna en 2015. Él también es boxeador y el amor por ese deporte fue lo que los unió.

Si bien su hija todavía es chica y todavía no entiende muy bien lo que sucede, la acompaña a los entrenamientos y a las peleas.

–Todavía no puede ver la maldad que hay. Solamente disfruta de vernos contentos a nosotros – dijo con los ojos iluminados.

Cada momento que tiene después de entrenar lo aprovecha con la gente que quiere, no desaprovecha ni un segundo.


La vida de Yésica Bopp está llena de hazañas, tanto a nivel deportivo como personal. Con 35 años es psicóloga social, madre, dueña de un gimnasio y la única boxeadora argentina con tres títulos del mundo. Aún queda mucho para ver de la “Tuti”, que va a seguir haciendo lo que la apasiona hasta que no le rinda más el cuerpo. Es chiquita en tamaño pero grande de corazón, lo que parece una frase hecha, aunque nunca mejor aplicada. Pero, cuando llegue la hora del retiro, puede estar tranquila al saber que, acompañando el legado de la “Tigresa” Acuña, le abrió las puertas a cientos de mujeres que quieren practicar boxeo. El camino ya está allanado.

Por Micaela Sabán

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar